Conocí a Miguel (no es su nombre verdadero) hace mucho, mucho tiempo. Estábamos en prepa. Distintos grupos, distintos amigos. No me parecía especialmente atractivo. Le perdí la pista y hace poco lo volví a encontrar. Había cambiado. Supongo que también yo cambié. Pero al destino le gusta jugar y nos colocó en el mismo tablero.
Ya saben, como dí un cursillo de EXcel, la oficina que me contrató lo envió a checar papeleo pendiente. Me daba gusto verlo, y supongo que la simpatía era mutua. Siempre estaba sonriéndome.
Ayer, a su lado, reviví una situación que hacía muchísimo no vivía. Dicen que ya que lo haces por primera vez, las demás son, por así decirlo, “pan comido”. Conmigo no. Yo siempre, siempre me encuentro nerviosa en esos momentos. A pesar de que mi primera vez fue hace muchísimo tiempo (la verdad, ya ni me acuerdo), siempre me entra un nervio hilarante. Esta vez no fue la eXcepción.
Toqué la puerta y me indicó con un ademán amable que pasara. Un beso fugaz en la mejilla (había otras personas en la sala). Dijimos ese tipo de cosas que la gente dice cuando no quiere hablar o teme hablar demasiado o no es el momento adecuado.
Nos quedamos solos. Notó mi nerviosismo. Trató de tranquilizarme, llevándome a donde él quería que ocurriera todo. Y ocurrió. ¡Dios! ¡Cómo detesto parecer una primeriza! Digo, también (aquí entre nos) hacía tres años que no lo hacía. Reza el dicho que lo que bien se aprende, jamás se olvida. Pero ¿y si ahora hacía algo mal? Traté de despejar mi mente, concentrarme en lo que estaba haciendo, disfrutando del momento (¿quién sabe cuando vuelva a surgir una oportunidad como esta? ¡tres años! Maldición, tengo razones para estar nerviosa). Mi mano cobró vida propia, se deslizó, como recordando algo que se ha sabido desde hace tanto, desde el principio de los tiempos. Yo la miraba como desde lejos, como si no fuera yo, como si fuera alguien más. Sentí calor.
Sudaba como cerdo y lo miraba. Sólo sonreía (¿qué este hombre no sabe hacer otra cosa que sonreír?). El tiempo avanzaba con rapidez. Cuarenta y cinco minutos después, agotada, me derrumbé. El sueño que podía haber tenido se me había esfumado. Sonriendo yo también, apenada, comencé a recoger mis cosas.
-“Bueno, me llamas o qué? – MarthaX titubea. A pesar de todo conserva su timidez.
- “Claro. La semana que entra. Cuídate”.
- “Igual. Bye”.
Otro beso. Salgo. El sol de las 9:23 a.m. me pega de lleno.
Espero esto no me traiga problemas posteriores, ya saben, algunas veces, este tipo de situaciones traen consecuencias. Espero sólo sean positivas (o debo decir negativas? ya no se ni que pensar)
Espero que me llame. Sé que tardará unos días en analizar lo que pasó.
Tres años. WOW! ¿Cómo he podido vivir sin la adrenalina resultante?
Sigo reviviéndolo en mi mente, una y otra vez: “¿Nombre? MarthaX. ¿Fecha? 24/03/04. Relacione la columna de la derecha con las respuestas de la izquierda...”.
Tres años sin hacer un eXamen. Sin tomar un lápiz del núm. 2. Sin leer en voz baja letras que forman palabras que forman oraciones que forman preguntas. Y yo conozco la respuesta, sólo es cuestión de concentrarme, sumergirme en mi memoria y eXtraer los datos.
Pero por favor, que no me sonría un chico atractivo. A pesar de que Miguel no es guapo, me parece atractivo, sí, definitivamente me pone nerviosa. ¡Que bueno que se fue a otro cubículo apenas me dio las hojas de la prueba!
Quedó de llamarme la próXima semana para entregarme los resultado del eXamen que se les hizo a todos los intructores.
Antes, cuando era estudiante, odiaba los eXámenes. La verdad, sigo odiándolos. Me ponen nerviosa. Me dan ataques de risa loca. Pero sobre todo: odio sudar como cerdo.
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